El invierno ha llegado a Lisboa como quien no quiere la cosa, y ha puesto en peligro la viabilidad de la fiesta de cumpleaños de Carmen. Estaba inicialmente pensada para ser celebrada en un parque, pero la lluvia nos hizo cambiar de planes en el último momento, y meter a toda la ciudad en casa. No hay fotos, porque no cabían ni las cámaras fotográficas aquí dentro.
Creemos que fue un verdadero éxito. Por nuestra parte, matamos dos pájaros de un tiro. Había mucha gente que no había venido a casa aún desde que nos mudamos, y llevábamos meses jugueteando con la idea de una house-warming party. Así que la fiesta sirvió para celebrar el cumple de Carmen, pero también para que todo el mundo supiera dónde vivimos ahora, y que son bienvenidos cuando quieran. Por parte de Carmen y Caetana ni te cuento, especialmente Carmen, pero Caetana se benefició de rebote. Había tanto niño y tanto regalo abierto, que la casa parecía un campo minado, porque todo el mundo caminaba mirando al suelo. Los niños se encerraron en el cuarto de las niñas, o en las tiendas de campaña del sótano, o debajo de la mesa, y se enfadaron, reconciliaron, enfadaron y reconciliaron otra vez, por turnos pero continuamente durante horas, y sin necesidad de mediación de mayores. Se autogestionaron, vamos, mientras los mayores disfrutábamos de conversaciones adultas (muchas de ellas sobre niños) y puestas al día. Por parte de los invitados adultos, creemos que muy bien en general. Fue genial poder ver a todas las personas, y enseñarles la casa. Lo más habitual era que nos compadecieran por la cantidad de gente, y que expresaran su temor por la casa, pero todo salió estupendamente. Todo el mundo ayudó mucho, especialmente Madalena, Filipe, Margarida, Ana Luz y la tía Helena, antes, durante, y después de la fiesta. La casa sobrevivió, la gente sobrevivió, y nosotros sobrevivimos, exhaustos, para variar, pero felices y contentos. Muchísimas gracias a todos por venir!!!
Hoy, Caetana y Carmen estuvieron insoportables, en parte resacosas del cumpleaños, donde tuvieron toda la atención y los regalos del mundo, en parte víctimas de nuestra propia falta de paciencia. La prima Laura se quedó a dormir, y nos fuimos a dar todos un largo paseo por la mañana. Comimos con Filipe y Madalena (y Laura, claro), pusimos a las niñas a dormir, y pasamos el resto de la tarde en casa, haciendo los puzzles que habían regalado a Carmen y explorando un poco todos los regalos en familia. Preciosos y divertidísimos!!! Y afuera el temporal no amainó, y gotas de lluvia se mantenían tozudas en los vidrios de las ventanas, y me acordé de que tenía que hacer un post sobre las osgas.
Las
osgas son las salamanquesas, en portugués. Sólo que yo nunca había visto una, en ninguno de los dos idiomas, hasta llegar a Lisboa. Son, junto con las cigarras, mis dos mayores descubrimientos biológicos de esta etapa de mi vida (la portuguesa, claro está, en California, descubrí los mapaches, las serpientes de cascabel, las tarántulas, las viudas negras y las zarigüeyas, entre otros). Aparentemente, no hay salamanquesas por encima de los Picos de Europa, pero al sur de España deberían ser bastante frecuentes. Aquí, en Lisboa, están por todas partes, y a mí me encantan. Son tipo gecos, unos lagartos con ventosas en las patas, que trepan por las paredes de los edificios y los cristales iluminados, en busca de insectos. Resulta que tenemos una residente en nuestra fachada, y pasa por los cristales de nuestra cocina todas las noches. A Carolina la vuelve loca, se desgañita intentando cazarla, sin darse cuenta de que está al otro lado del cristal. Hace unos días que no la veo. Probablemente está ya hibernando y las gotas de lluvia han venido a substituirla en los vidrios de la cocina. Las fotos son todas desde dentro del cristal, claro, porque en cuanto mueves la puerta sale pitando. Es rápida como una ardilla.






